miércoles, 21 de marzo de 2018

Verlo venir

Renata no lo vio venir. Venía muy rápido, pensando en su viaje del año anterior, con su hermana, peregrinando hasta la selva. Esquivó una paloma muerta justo antes de pisarla, y sus anteojos se cayeron al piso. El vidrio dio contra el cemento e hizo un sonido característico que la hizo reaccionar.

Todo ahí era humedad frondosa. Había tibieza. Le gustaba.

Probó las medicinas ancestrales. Abuelitos y abuelitas volvieron para contarle juventudes. Ella voló.

Una noche donde la luna nueva era una sartén color negra obsidiana, se quedó despierta después de que se apagara el fuego. Allí oyó los llantos y chillidos del bosquejal. Sintió el llamado.

Cuanto más quieta la noche, más se despierta la selva. Se acompasa un ritmo que algunos no pueden resistir. Caminan selva adentro y ya no vuelven a ser vistos.

Ella escuchaba el crujir, entrada en trance, y cuando reaccionó fue demasiado tarde.

Una serpiente medía sus pasos. Ella sola. Sin machete. Sin huida.

Condenada si gritaba. Se miraron a los ojos, medusas la una de la otra.

Renata no lo vio venir. Para cuando levantó la vista, el golpe de la camioneta ya era inminente.

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