jueves, 16 de noviembre de 2017

leíamos el perseguidor juntos

nos sentábamos en el borde
en la terraza de tu viejo depto.
teníamos nuestro propio azufre:
era una mezcla del olor a compost
y a birra vieja:
reivindicábamos el bando podrido.

los conjuros
para invocar la adrenalina,
los amagues de saltar,
el péndulo
        emocional
y el vértigo
en el diafragma.

una vez te hablé de mi primer novia
y vos fijaste los ojos en mis ojos
y yo tenía la sensación
de que el vecino del diez
había dejado el gas prendido,

y después de lanzarme
tu rayo x de melancolía,
hablaste de la gran tragedia del mundo,
la que se manifiesta en ese instante
en que el amor no nos alcanza.

ciertamente no para salvarte,
sí para llegar a vos.
el amor es un puente colgante,
es madera húmeda,
y un precipicio,

son veintisiete bloques
de madera recubierta con moho
manteniéndose unidos
por una mezcla de inercia
y de perfección,
es una película fina
sobre la cual tambalear,

y también sos vos, al borde,
curioso,
mirando para abajo,
los párpados camuflándote,
sintiendo, me imagino,
que del otro lado del puente
te esperaba tu destino
y que en la bruma
tal vez había más.

yo desordenado,
pregunto revivires,
sobre todo pregunto gritando
cuando tengo un mar cerca
y empiezo a correr
y tengo tres
y tengo treinta
y tengo sesenta
y seiscientos
y el viento que ruge
me tapa la voz,
y quemo hojas sucias de mi tinta,
de mi diálogo inconcebible,
las quemo en tu nombre,
mi ritual de cada fogón.

ahora estallo yo,
lleno de astillas,
madera húmeda,
que secándose al sol
se eleva,
enfrenta el semblante de frente,
se encandila hasta incinerarse
y cae,
acaeciendo como fénix,
acariciando la adrenalina,
despidiéndose del aire
y del mundo que amó cuando pudo.

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Sometimes YOU have to be your own hero