lunes, 4 de septiembre de 2017

matar una planta

desenrosco el frasco y todavía huelen. ya no a tierra, ni a tardecita rosarina de sol que baja como por las escaleras. pasó medio año. sigo transpirando pero estoy más abrigado. huelen verde, huelen espacio y especias. huelo y vuelo al pasado. yo converso con las plantas, pero no hablo al respecto pa' que no me tomen por loco.

si yo le contara mis problemas a un palo borracho doctorado en psicoanálisis, me guardaría eso para mí. y si invitara a almorzar a una familia de cactus, no les pondría plato ni cubiertos.

hace algunos años, tomé el consejo de un viejo sabio, flaco desgarbado y con una barba blanca similar a la baba del diablo. él era el dueño del vivero del pueblo, en una localidad que no recuerdo el nombre, en la frontera entre santa fe y santa rosa. me dijo dos cosas, y las recuerdo bien: "el malvón se poda desde abajo, y a las plantas se les habla con respeto".

yo no creo ni en el karma ni en el reciclaje de residuos. tengo un compost para poder tirar yuyos. pero a ellos también les explico. es que matar una planta no es asesinato.

cultivo cannabis desde hace seis años. tengo presente la noche en que pedro me regaló el primer plantín, sé que fue en agosto o septiembre, porque mi casa estaba perfumada por el jazmín del país.

mi primer planta de porro estaba radiante. sus hojas eran gordas, se estiraban por las siete puntas como queriendo agarrar el aire. resultó ser macho, y la decepción se hizo lágrimas en este pequeño hombre.

recuerdo que no quise matarla, entonces la entré a mi pieza para que duerma conmigo, como si mi habitación fuera una cuarentena y la falta de sol la pudiera dejar en pausa. tres días después, tenía el semblante de una persona deprimida. la maté por piedad, después de causarle un sufrimiento innecesario, fruto de mi propia incapacidad para manejar la situación.

no es que la crea jesucristo, pero esa planta murió para que yo aprendiera. y sigue viva en el resto de las plantas de su especie, y de mi terraza, y del mundo. por eso, cuando tengo la enorme fortuna de cosechar una planta hembra, justo antes de las lluvias de abril, la siento en el sofá de mi habitación, pongo música y le charlo.

yo les hablo de transmigración, y les digo que no teman. que van de la tierra al aire. dejarán de absorber nutrientes y de usar al sol como frazada. desde ahora, van a ser motivos, excusas, encuentros, creación. antes que nada, van a pasar algunas semanas encerradas en un cuarto oscuro. no creo que se espanten, plantas milenarias saben manejar noches absolutas.

después de colgarlas bocabajo hasta que se secan, las enfrasco. y ahí las dejo, quince o veinte días, tomando impulso. después llega ese momento, un momento como este, donde están listas para empezar el nuevo ciclo. con mi mano derecha, sostengo firme el frasco. mi mano izquierda hace una mueca en sentido antihorario. desenrosco el frasco y todavía huelen.

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