lunes, 31 de julio de 2017

Amargo obrero

A Amargo lo conocí cuando yo trabajaba en un hostel en la ciudad donde nací, en la época en la que sostenía una vida lumpen y una existencia magra donde comía una y otra vez las mismas medialunas del día anterior, solamente porque no tenía que pagarlas y porque sentía que fastidiaba al hijueputas del dueño.

Amargo se vestía religiosamente con la misma campera color verde desteñido y tenía un delicioso olor a transpiración reabsorbida que aromatizaba el ambiente. Nunca logré apestar así, ni siquiera cuando hice una huelga de agua por los pobres de África.

Se iba a eso de las cinco de la mañana -pasaba por delante mío mientras yo roncaba-, y volvía de trabajar entrada la noche. Ya sabía dónde quedaban las toallas, así que no se me acercaba salvo que hubiera un incendio forestal en la cocina o una función de circo encima de su habitación. Nunca sonrió.

Amargo escuchaba Alice in Chains y tenía una barba con volumen. Era flaco, flaquísimo, y era el único residente fijo del lugar: dormía en un extensísimo sarcófago ubicado atrás de la cocina que, de tanto fumar -porque echaba más humo que una chimenea un invierno húmedo-, tiñó el techo de un raído color amarillento.

Lo sé porque tuve que entrar más de una vez. Yo no tenía que limpiar la mierda y eso, pero igual no me metía en ese lugar sin ponerme un traje de astronauta.

Amargo andaba siempre de un humor seductor. No recuerdo su voz, pero hablaba hasta con los objetos inanimados. De verdad, era un conversador nato. Una mañana, mientras estaba yo preparando el desayuno, lo escuché insultando a una pava porque tardaba demasiado tiempo en hervir.

Doy fe de que es un tipo inteligente. Brillante, de hecho. Porque no cambió ni un poco, aún habiéndose robado esos infames seis millones de pesos. El condenado descuidó un solo detalle: justo antes del problemón, a su campera color verduzco lámina de hongo sobre feta de queso le cosió, al nivel del pecho izquierdo, una estampa inusual, una que hacía alusión a submundos  de humo y transas, horarios poco transitados y conversaciones que no se repetirían.

El muy bastardo se había unido a esa pandilla callejera que no pienso nombrar. Habrá entrado por la pinta nada más, porque parece un motoquero el condenado pero les juro que en su vida ese tipo sintió el deslizar por la curva con todo el viento en las orejas, las ruedas avanzar rozando el piso, el impulso de volar. O tal vez sí, siempre, y nos tuvo a todos engañados porque se le dio la gana.

A cualquiera se le pasaría por alto esa nimiedad de la campera bordada.  Pero a una mente brillante como yo, que trabajaba en una tienda cobrando como sueldo el precio de una cerveza por hora, era imposible que me engañara. En serio, se jugó las cartas perfectas: tenía la protección de esos nenes, y además ni el detective más tonto sospecharía del mequetrefe.

Vi durante esos meses cantidad de policías, sacos y corbatas, munis, tipos intimidando relojes con la mirada, matones y cazarecompensas deambulando por la pocilga gigante venidabajo en la que mi aburrimiento decidió que yo pase las horas más pausadas de esta vida babosa. Estaban rastreando un dineral, pero disimulándolo a todas luces. No sé si era la tensión o la humedad, pero en ese hostal quien respiraba se congestionaba.

Ni uno reparó en Amargo, y eso que no le oyeron nunca discutiendo con la garrafa de gas. El único enhorabuena de todo este embrollo pasó una tarde de invierno gris: parecían las siete así que deben haber sido las tres.  Los sacos se inquietan cuando no pueden cuadrar lo que está en su camino. Les suben los nervios. Por eso se llevaron el Registro de Hospedaje y lo dieron vuelta de pé a pá. Hasta donde sé, viajaron a las 23 provincias del país y también a Islas Malvinas, si hasta un falkland fanfarrón se había hospedado ahí en esa época.

Bueno, resulta que un dueño de no se qué asunto de plata y pasta confundió el orden de su barbitúrico y su cocaína y se le abalanzó al soplabotellas de mi jefe en pleno hall de entrada. Le desconfió por un segundo y pensó que tenía al ladrón entre manos. El fulano medía lo mismo que una cuchara y tenía la fuerza de una cucharita. Igual lo desgranó como a un choclo y le partió la clavícula. Imagínenle la cara cuando decía "Este es el dolor más fuerte que tuve en mi vida" el inepto. Se llamaba Gabi; yo le decía Javi una vez cada millar de veces solo para molestarle.

Pero hasta los matones más duros podían saber que mi jefe no era capaz de estafar a gran escala. Por eso se salvó de la guillotina o el tramontina o como sea que destripen en estos años. Yo también tenía mis sospechas, y primero pensé que el responsable era ese gordo que ingresaba aleatoreamente o a las 3 de la tarde con la cara implosionada de sueño o a las 3 de la  mañana listo para encarar el primer termo de mate del día, y que a veces se iba sin avisar y sin pagar para después volver con billetes sencillos. Bueno, al final ese era un perdedor más.

¿Ganadores? Hubo uno solo. Gracias a la fama vox populi de aguantadero de millones, y combinado con el morboso dato de que antes de ser residencia era un putero, en poco tiempo el hostel facturaba como un estúpido museo de los Beatles.

El tiempo entró en los relojes sin pedir permiso, y a mí me ninguneó sin saludarme la última vez que lo vi, en alguna peatonal transpirada de personas con la presión sobre el apuro. En cuanto a Amargo, lo crucé hace dos o tres meses. Le serví su orden de memoria: pidió un café negro como mi alma, sentado a la vera del Perito Moreno, mientras me refunfuñaba que no podía entender para qué destinaron tanto hielo nada más para un bar, nada más para servirle caprichos caros a gente espantosa.

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