viernes, 9 de junio de 2017

El campo de batalla era su ser

Los vio por primera vez de adolescente algún verano, en uno de sus viajes a la parte antigua del conglomerado de islas. El Doctor, por entonces un joven movido por la curiosidad, llamaba a esa época "la tregua", porque la guerra entre él y su padre cesaba momentáneamente.

El campo de batalla era su ser. Su cuerpo, devastado por el armamento pesado de un rival más grande. Su ánimo, menguado por la propaganda. Su mente expuesta a la guerra fría.

Descubrió entre largas caminatas que su futuro se desenvolvería lejos de los humanos. De avistar pájaros y atacar panales a estudiar para ser biólogo. De su hogar atormentado a la fría academia. De ser colonia a independizarse.

Una sola vez quedó boquiabierto por asombro y no por una golpiza. Caminando por el bosque Malietoa, notó una extraña madriguera entre árboles y se sentó a esperar. Movido por una oscura certeza, detuvo todo movimiento y dejó que la naturaleza respondiera la pregunta que nunca enunció.

Cinco Pelkendrús del tamaño de un niño aparecieron cuando el sol marcó las doce. No pudo imitar su piel plateada ni siquiera en recuerdos. Tomó el encuentro como una señal y siguió volviendo, y asi lo hizo por años.

Con aires de proteccionismo, no le dijo a nadie de las mítólogicas aves terrestres. Se obnuviló con su luminiscencia, similar a las noctilucas del mar Pacífico, que hacen brillar el océano cuando la luna oscurece. Se convirtió en el primer humano, tal vez en siglos, en atestiguar ese canto gutural y armónico que los brujos dicen anticipa la tormenta anual.

Dijo que los amaba y comenzó a perseguirlos. De la excusa una cruzada violenta para encerrarlos. Luego creó el Instituto de Investigaciones Oníricas y domesticó al último clan de Pelkendrús.

Normalizados, los seres perdieron su color plomo cromado. Ahora se ven blanco autómata. No sufrió al comprender lo que había hecho. Dicen los viejos sabios que la historia se repite. Él los oye sin escuchar.

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